miércoles, 8 de febrero de 2012

El Buscador


Esta es la historia de un hombre al que yo definiría como un buscador....
Un buscador es alguien que busca; no necesariamente alguien que
encuentra.
Tampoco es alguien que, necesariamente, sabe qué es lo que está
buscando. Es simplemente alguien para quien su vida es una búsqueda.
Un día, el buscador sintió que debía ir hacia la ciudad de Kammir. Había
aprendido a hacer caso riguroso de estas sensaciones que venían de un lugar
desconocido de sí mismo. Así que lo dejó todo y partió.
Después de dos días de marcha por los polvorientos caminos, divisó, a lo
lejos, Kammir. Un poco antes de llegar al pueblo, le llamó mucho la atención una colina a la derecha del sendero. Estaba tapizada de un verde maravilloso y había un montón de árboles, pájaros y flores encantadores. La rodeaba por completo una especie de pequeña valla de madera lustrada.
Una portezuela de bronce lo invitaba a entrar.
De pronto, sintió que olvidaba el pueblo y sucumbió ante la tentación de
descansar por un momento en aquel lugar. El buscador traspasó el portal y
empezó a caminar lentamente entre las piedras blancas que estaban distribuidas como al azar, entre los árboles.
Dejó que sus ojos se posaran como mariposas en cada detalle de
aquel paraíso multicolor.
Sus ojos eran los de un buscador, y quizá por eso descubrió aquella
inscripción sobre una de las piedras:
Abdul Tareg, vivió 8 años, 6 meses, 2 semanas y 3 días
Se sobrecogió un poco al darse cuenta de que aquella piedra no era
simplemente una piedra: era una lápida.
Sintió pena al pensar que un niño de tan corta edad estaba enterrado en
aquel lugar.
Mirando a su alrededor, el hombre se dio cuenta de que la piedra de
al lado también tenía una inscripción. Se acercó a leerla. Decía:
Yaimir Kalib, vivió 5 años, 8 meses y 3 semanas
El buscador se sintió terriblemente conmocionado.
Aquel hermoso lugar era un cementerio, y cada piedra era una tumba.
Una por una, empezó a leer las lápidas.
Todas tenían inscripciones similares: un nombre y el tiempo de vida
exacto del muerto.
Pero lo que lo conectó con el espanto fue comprobar que el que más
tiempo había vivido sobrepasaba apenas los once años…
Embargado por un dolor terrible, se sentó y se puso a llorar.
El cuidador del cementerio pasaba por allí y se acercó.
Lo miró llorar durante un rato en silencio y luego le preguntó si lloraba
por algún familiar.
—No, por ningún familiar —dijo el buscador—. ¿Qué pasa en este pueblo?
¿Qué cosa tan terrible hay en esta ciudad? ¿Por qué hay tantos niños
muertos enterrados en este lugar? ¿Cuál es la horrible maldición que pesa
sobre esta gente, que les ha obligado a construir un cementerio de
niños?
El anciano sonrió y dijo:
—Puede usted serenarse. No hay tal maldición. Lo que pasa es que
aquí tenemos una vieja costumbre. Le contaré:
<<Cuando un joven cumple quince años, sus padres le regalan
una libreta, como esta que tengo aquí, para que se la cuelgue al
cuello. Es tradición entre nosotros que a partir de allí,, cada vez que uno disfruta intensamente de algo, abra la libreta y anota en ella: a la izquierda, qué fue lo disfrutado; a la derecha, cuánto tiempo duró el gozo.
Conoció a su novia, y se enamoró de ella. ¿Cuánto tiempo duró esa pasión enorme y el placer de conocerla?, ¿una semana?, ¿dos?, ¿tres semanas y media? ...  Y después, la emoción del primer beso, el placer maravilloso del primer beso, ¿cuánto duró?, ¿el minuto y medio del beso?, ¿dos días?, ¿una semana? ... ¿Y el embarazo o el nacimiento de su primer hijo ? ¿Y el casamiento de los amigos ? ¿Y el viaje más deseado? ¿Y el encuentro con el hermano que vuelve de un país lejano ? ¿Cuánto tiempo duró el disfrutar de estas situaciones?... ¿horas?, ¿días? ... Así vamos anotando en la libreta cada momento que disfrutamos... cada momento. Cuando alguien muere, es nuestra costumbre, abrir su libreta y sumar el tiempo de lo disfrutado, para escribirlo sobre su tumba, porque ESE es, para nosotros, el único y verdadero tiempo vivido 
Jorge Bucay-"Cuentos para pensar".

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