viernes, 24 de febrero de 2012

Life.


A sus 95 años ya no habla, solo escucha, o eso creo. Tampoco llora, pero siente, almenos respira, almenos vive, de momento. Ya no puedo preguntarle sobre sus tiempos en Francia, ni sobre los momentos en los que estaba en guerra, ni sus preocupaciones, ni sus deseos. Tan solo miro. Escucho. Lo escucho respirar, porque ya es lo único que me queda. No responde. Mis ojos se llenan de eterna tristeza. No lo hice en su momento, y no lo podré hacer ahora. No le pregunté sobre su pasado, y sólo lo conoceré por sus historias, historias impregnadas en fotos. Siempre recordaré su voz, y sus historias para cuando me iba a dormir. Cuando me cuidaba cuando estaba malita. Cuando se iba a comprarme cosas solo para que dejase de llorar con mis rabietas. Cuando me recogia del colegio y me llevaba al parque a jugar con mis amigas, mientras él, seguramente, estaría deseando llegar a casa y descansar. Tantos esfuerzos que hizo por mi, y ahora, ¿cómo se lo devuelvo? ¿cómo le devuelvo su tiempo invertido en mi y en mis caprichos? Recuerdo cuando me llevaba al parque, y mi yaya me hacía esos bocadillos. Recuerdo cuando me pidieron que fuese a comprar, y no fui por simple desgana. Ellos hubieran ido por mi, pero ahora... ¿cómo les podría compensar? No puedo. Ya no. Ahora es demasiado tarde. Lo miro, mientras respira, tendido en la cama, lo miro, y cierra los ojos... Para siempre.

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