Y allí estaba ella,
tendida entre el césped verde y refrescante, enredado en su negro pelo y
acariciado por sus delicadas manos. Mientras miraba el cielo, descubriendo
formas entre las nubes y observando cómo los pajarillos danzaban en el aire;
unos solos, y otros en manada. El pájaro solitario revoloteó durante un
tiempo en el aire, hasta donde le llegaba la vista a nuestra anfitriona.
Después, se posó en la rama de un árbol tan sigilosamente que apenas se escuchó
el crujido de la alargada y oscura rama. Ella se incorporó, sin dejar de mirar
al pájaro y sosteniéndole la mirada, descubriendo en sus ojos amarillentos un
mundo nuevo, un pico capaz de hablar por si solo y una historia tras cada
mirada.