martes, 23 de octubre de 2012

Monólogo de un asesino.


He matado a una mariposa nocturna con una papelera. Tenía que vengarme. Tenía que aplastar a esa mariposa nocturna que volaba en círculos alrededor de una bombilla. Ahora estamos a solas, mi conciencia y el cadáver de ese insecto. No sé si ha sentido dolor. Su muerte era tan ajena a la mía.

Cuando he llegado a casa me estaba esperando. Estaba allí, inmóvil y pegada a la pared. Yo quería estar solo. No he soportado su compañía. No quería que nada se moviera para que no pasara el tiempo. Cada vez que batía sus alas sentía los segundos clavándose en mis células como cristales rotos.

He asesinado a un ser vivo. Le he asesinado porque volaba en círculos alrededor de una luz que le habría matado. Me recordaba demasiado a mí mismo. Lo siento, le he dicho, la muerte no es lo que parece. Ni siquiera importa.
Por las mañanas salgo a correr y agoto mi cuerpo para que no golpee ninguna cara. Por las tardes me siento en el banco de algún parque y leo a autores muertos para no conversar con nadie. Cada vez que hablo con alguien acabo pensando que es imbécil. Luego me siento culpable por albergar tan mezquinos sentimientos. Y, finalmente, llego a casa y deseo quedarme a solas mientras fumo un cigarro tras otro, el idóneo insecticida antes de la inminente papelera.

Es una vida triste y oscura, porque antes fui un hombre feliz. Aquellos que han sido sumamente felices en su juventud, malcriados en la bienaventuranza, no son capaces de encajar la derrota cuando llega. Quizá este sentimiento amargo sea la maldad. Uno siempre teme a la gente malvada. Hasta que una mañana, al mirarse al espejo, descubre que el demonio está dentro de sus ojos.

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