martes, 9 de octubre de 2012

Las dos reinas.


Y despertaron las dos reinas.
Pronto salieron de sus celdas las reinas,
las grandes reinas hechas prisioneras
por causar dolor en el mundo.

Atadas estaban a la caja. Atados a sus destinos.
A la niña le fue entregada la caja,
a la niña para que la guardara.

Confiaron los grandes sabios en los hombres.
Creyendo en sus virtudes, otorgaron los sabios este regalo,
otorgaron los sabios el privilegio de confinar la caja.

En los hombres confiaron.
Una niña pensaron,
una niña y un regalo.

Pero la caja fue abierta
y las reinas volvieron a la tierra.
Las dos reinas ya están en su ciudad,
como antaño.

Las dos enfrentadas.
Las dos retándose en un mar de duelos
sobre las tumbas de sus lacayos.
Vuelven las lamentaciones a los muros.
Se llenan sus iglesias,
sus mezquitas.

Pues las dos reinas aluden a la fe de sus feligreses
para sostentar su hegemonía.
Luchan los fieles encontrándose en cada esquina,
en cada calle, en cada plaza.

Nadie está seguro en la ciudad de las reinas.
Nadie duerme tranquilo mientras estén ellas.

Las dos grandes reinas.

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