Solo, fuera del pueblo, en la desierta ranura de la altiplanicie. A la luz de la luna, las rocas eran como huesos blanqueados. Abajo en el valle, los coyotes aullaban. Los arañazos le escocían y los cortes todavía le sangraban, pero no sollozaba por el dolor sino porque estaba solo, porque lo habían arrojado a aquel mundo esquelético de rocas y luz de luna.
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