Si tuviera que abrir esa puerta empezaría golpeando para saber si
alguien responde, y ante el silencio seguiría apoyando la mano en el
picaporte, girándolo con suavidad y empujando hasta que el barniz, que
debe estar pegado luego de tanto tiempo, se desprenda y permita que el
panel de madera barata, un poco arqueado por la humedad, empiece a
revelar el aire estancado del interior, muy lentamente porque puede
haber cosas que se despierten o, peor aún, que no se despierten, y
cuando las bisagras hayan chirriando lo suficiente trataría de
distinguir algo al otro lado, en la oscuridad, antes de que algo me
distinga a mí en la luz.

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